Veintitrés años más tarde, he visto Harry Potter (y aún espero mi carta de Hogwarts)

Lo confieso me llamo Sr. Lobo y hasta hace poco, nunca había visto ni una sola película de Harry Potter (Ya me pasó con Titanic, no se si lo recordáis). No porque tuviera nada en contra, sino porque la vida me llevó por otros caminos, y para cuando la saga llegó a su fin en 2011, ya sentía que era demasiado tarde para subirme al tren del Expreso de Hogwarts. Pero ahora, con una mezcla de curiosidad, nostalgia ajena y una pizca de presión social. y de Mia Wallace, porque no decirlo, he decidido sumergirme en el mundo de J.K. Rowling, y tras ocho películas y casi veinte horas de metraje, tengo algunas cosas que decir.

El inicio de la magia

Empezar Harry Potter y la piedra filosofal en 2024 es un ejercicio de anacronismo, pero también de inocencia. La película tiene ese aire encantador del cine infantil de los 2000, con efectos especiales que a veces hacen que el Quidditch parezca una cinemática de la PlayStation 2. Sin embargo, es imposible no sentir cierta fascinación al ver a Daniel Radcliffe, Emma Watson y Rupert Grint dar sus primeros pasos en un universo que, aunque ficticio, se ha convertido en parte del imaginario colectivo de varias generaciones.

La primera película es divertida, ligera y llena de promesas. Hogwarts es un lugar donde cualquiera querría perderse, Hagrid es el mejor tío bonachón que podríamos pedir, y Snape… bueno, Snape es Snape.

Creciendo con la saga

La transición de las primeras películas a El prisionero de Azkaban es donde la saga realmente despega. Alfonso Cuarón inyecta un tono más oscuro y cinematográfico, y aunque sigo sin entender cómo los alumnos sobreviven a un colegio donde los pasillos cambian de dirección por capricho, empiezo a comprender por qué esta historia atrapó a millones de personas.

A partir de aquí, la saga se vuelve más madura. El cáliz de fuego marca el momento en que Harry deja de ser un niño y empieza a enfrentarse a lo que realmente significa vivir en un mundo donde la magia no siempre es colorida. La Orden del Fénix y El misterio del príncipe me han dado algunos de los momentos más interesantes en términos de personajes, aunque también algunas frustraciones (¿por qué Harry no usó la varita para sacar la poción del tazón en vez de torturarse hasta sangrar?).

El final de la batalla

La recta final con Las reliquias de la muerte parte 1 y 2 es una montaña rusa emocional. Para entonces, me siento parte de este mundo. Ya no soy un espectador casual, sino alguien que ha sufrido cada pérdida y cada traición (y que aún no supera lo de Dobby).

La guerra contra Voldemort es épica, aunque me quedan dudas sobre por qué el Ministerio de Magia no invirtió en un departamento de seguridad decente si sabían que un tipo sin nariz andaba por ahí queriendo conquistar el mundo.

El clímax de la saga es satisfactorio, pero me quedo con un par de preguntas que probablemente nunca tendré respuesta. ¿Por qué los magos siguen escribiendo con pluma y tintero en pleno siglo XXI? ¿Dónde estaban los padres de los alumnos cada vez que Hogwarts se convertía en un campo de batalla? Y sobre todo… ¿por qué nadie jamás pensó en hacer un hechizo para localizar horrocruxes en lugar de pasar años jugando a la búsqueda del tesoro?

Conclusión: ¿valió la pena el viaje?

Después de ver la saga completa, entiendo el fenómeno Harry Potter. No es solo una historia de magia y aventuras, sino una oda a la amistad, la valentía y la lucha contra el destino. Los personajes evolucionan de niños curiosos a héroes rotos pero resilientes, y el universo construido por Rowling tiene una solidez envidiable.

¿Me arrepiento de no haberlo visto antes? Un poco. ¿Voy a releer los libros para compararlos? Probablemente no. ¿Voy a quedarme esperando mi carta de Hogwarts? Sin duda.

Y si alguien encuentra una varita de segunda mano, que me avise.